Una coincidencia es solo una coincidencia, dos coincidencias son una pista, tres coincidencias son una prueba
Agatha Christie (Seudónimo de Agatha Mary Clarissa Miller, 1890-1976)
La primera vez que un amigo cancela un plan, uno piensa que ha tenido un mal día. La segunda vez, empieza a preguntarse si algo pasa. La tercera vez, ya no hay duda: hay un patrón, y toca hablarlo claro. Así funciona también nuestra manera de leer el mundo, aunque no llevemos lupa ni cuaderno de notas como los detectives de las novelas: tendemos a perdonar lo aislado y a desconfiar de lo que se repite. Un fallo suelto no dice nada; el mismo fallo tres veces ya cuenta una historia.
Lo mismo pasa cuando un equipo empieza a encadenar victorias. El primer partido ganado puede ser suerte, un rival flojo, un buen día. El segundo ya hace pensar. Pero cuando la selección española ha ido ganando partido tras partido, llega de ser campeona de Europa, y remata la racha levantando la copa del mundo con un gol de Ferran Torres en la final ante Argentina, ya no se puede hablar de casualidad: ahí hay algo real, un trabajo sostenido que se repite con la constancia suficiente como para dejar de llamarse suerte y empezar a llamarse mérito.
Y esa misma regla, la de no ignorar lo que se repite, vale para lo bueno y para lo malo por igual. Las señales que nos alegran, como una racha de victorias, merecen ser reconocidas y no minimizadas: si algo funciona una y otra vez, hay que saber verlo y valorarlo. Pero las señales que incomodan, como ese amigo que cancela sin explicación, merecen la misma atención: no restarles importancia solo porque duele mirarlas de frente. Al final, la coincidencia repetida no es más que la vida insistiendo en decirnos algo; la sabiduría está en escuchar por igual cuando trae buenas noticias y cuando trae una advertencia.