Dar consejos es una de esas actividades maravillosas en las que todos podemos sentirnos expertos sin necesidad de demostrar absolutamente nada. Sabemos perfectamente cómo deberían educar los demás a sus hijos, resolver sus problemas de pareja, organizar su trabajo o llevar una vida saludable. Lo complicado empieza cuando nos toca seguir nuestras propias recomendaciones.
Quizá por eso nos gusta tanto aconsejar: desde fuera, los problemas parecen más pequeños y las soluciones, mucho más evidentes. Eso sí, antes de dar un consejo convendría preguntarnos si estamos dispuestos a aplicárnoslo. No hace falta ser un ejemplo de perfección para ayudar a alguien, pero un poquito de coherencia nunca viene mal.
Y si nuestros consejos no funcionan, siempre podemos hacer lo que hacemos con los regalos que no nos gustan: pasárselos a otro. Al fin y al cabo, ¡sería una pena desperdiciar tanta sabiduría!