Pertenecer importa. Nos gusta sentirnos parte de una familia, de un grupo de amigos, de un equipo, de un club o, sencillamente, de esa pequeña comunidad en la que sabemos que contamos para los demás. Ser aceptados nos hace sentir reconocidos y queridos y, aunque presumamos de espíritus independientes, pocos somos tan autosuficientes como para ser felices sentados solos en una mesa reservada para uno.
Lo curioso es que, mientras buscamos la aceptación de los demás, podemos llegar a ser terriblemente exigentes con nosotros mismos. Perdonamos defectos a nuestros amigos, comprendemos sus manías y hasta encontramos entrañables algunas de sus rarezas; pero cuando nos miramos al espejo, el comité de admisión se reúne de urgencia y empieza a poner objeciones.
Quizá una parte de la felicidad consista precisamente en sentir que pertenecemos, en querer y sentirnos queridos, pero también en aprender a aceptarnos como aceptamos a quienes nos rodean. Porque sería bastante absurdo conseguir que nos admitieran en todos los clubes del mundo y descubrir al final que el único que sigue rechazando nuestra solicitud de ingreso somos nosotros mismos.
Así que, si alguna vez dudas de si eres lo bastante bueno para aceptarte como miembro, no seas tan exigente: rebaja un poco los requisitos de admisión. Al fin y al cabo, vas a tener que convivir contigo toda la vida… y encima no hay posibilidad de darse de baja