Dejarse llevar no siempre tiene por qué ser algo negativo. André Gide juega con esa idea y le añade una condición esencial: que el camino que seguimos nos lleve hacia arriba. Es decir, que nuestras inclinaciones, nuestras decisiones y aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo contribuyan de alguna manera a hacernos crecer.
Y para saber si esa pendiente nos lleva realmente hacia arriba, primero tenemos que conocernos bien: descubrir qué nos mueve, cuáles son nuestras capacidades y qué cosas despiertan lo mejor de nosotros. Cuando encontramos un camino que encaja con nuestra forma de ser y, al mismo tiempo, nos ayuda a aprender, mejorar y avanzar, quizá no haya necesidad de luchar constantemente contra la pendiente.
Porque crecer no significa elegir siempre el camino más difícil. A veces consiste simplemente en encontrar la dirección adecuada y procurar que, paso a paso, nos lleve un poco más arriba.