Creer en alguien es una de las formas más profundas de quererlo. Y quizá una de las grandes tareas de un padre sea precisamente esa: ayudarnos a descubrir nuestras capacidades mucho antes de que nosotros mismos seamos capaces de reconocerlas.
Con los años comprendemos que la verdadera herencia de un padre no está en las cosas que deja, sino en todo aquello que ha ido dejando dentro de nosotros: sus enseñanzas, sus valores, su ejemplo, los momentos compartidos y, sobre todo, la seguridad de haber tenido a alguien que confió en nosotros.
Llega un momento en que debemos caminar solos, pero nunca lo hacemos del todo. Una parte de quienes nos enseñaron a caminar sigue haciéndolo con nosotros. Y pocas maneras hay más hermosas de agradecer lo recibido que intentar vivir siendo dignos de aquella confianza.